El motivo es el ensayo, de Alberto Girri

La editorial Seré breve anticipa la publicación de El motivo es el ensayo con un fragmento de este libro que recupera la escritura crítica de Alberto Girri, donde la poesía, la música y la reflexión sobre la literatura dialogan con la precisión de su mirada.

DE UN “DIARIO” GARDELIANO

Igual que la buena prosa. Economía, desnudez, ningún divagar inútil, ninguna afectación (ni trémolos ni vibratos de dudoso gusto), un canto con todas las exigencias y virtudes de la buena prosa. O dicho de otro modo, un estilo que con entera conciencia artística reproduce las leyes canónicas de la escritura: ley de la concisión, ley de la simplicidad, ley del clímax, ley de la variedad. Así, el curso de la voz de Gardel nunca es recto, monótono, sino que avanza por sucesivas curvas: siempre un crescendo y un diminuendo, nunca un nivel uniforme, y como moviéndose hacia un objetivo emocional y estético claramente previsto, sin azares ni indecisiones.

Gardel, él mismo Borges, él mismo

De tanto en tanto, nuestro escritor reitera enfáticamente que no le gusta Gardel, y para que no falte su habitual dosis de paradoja agrega que a Gardel no le gusta el tango. Lo primero, parece lícito, acaso porque Borges piensa en un tango arquetípico, imposible de ser encargado, o piensa en el tango de las etapas más primitivas, con estribillos muy circunstanciales, adosados a una música exclusivamente para ser bailada. En cambio, la afirmación de que a Gardel no le gustaba el tango incita a esta pregunta: ¿Le gusta a Borges la poesía, o ni si quiera se plantea la cuestión, tratando simplemente de hacer poesía, como Gardel creaba en su canto, y a la vez meros instrumentos, intermediarios, los dos de lo que van creando? Recordemos, de paso, el clásico “Poetry” de M. Moore, que dice de la poesía: “A mí también me disgusta: hay cosas más importantes que toda esa confusión”; pero concluye: “Sin embargo, leyéndola con total desdén por ella, uno descubre, después de todo, un lugar para lo genuino.”

Mito y crítica

Por definición, un mito no necesita ser razonado y demostrado: un mito es. De lo contrario, la razón conduce a perversiones, como ésta (sociológica), condensada así, en un párrafo de sintaxis memorable: “(Gardel) es la exaltación al primer plano del bastardo epónimo, a quien sigue la masa bastarda identificada con él y ennoblecida por la ascensión de su hombre emblemático”. O bien, con menos demagogia, el caso de ese ensayista, proponiéndose hacer evidente que el proyecto interpretativo de Gardel apunta a conciliar la antítesis de Schiller entre poesía ingenua y poesía sentimental. Según el sorprendente hallazgo, durante la primerísima época de Gardel, más criollista, el de obras como “El pangaré”, “Mi moro”, y otras, en su canto se aunarían el realismo del poeta ingenuo, en armonía con las cosas de la naturaleza, y el idealismo del poeta sentimental. “¿Qué me Contursi?”, diría el bastardo epónimo.

Eliot aporteñado

Imaginemos que el gran poeta, amante del music hall, hubiera pasado por el Río de la Plata, y admirado a Gardel, como Chaplin, como Alfonso XIII; imaginémoslo componiendo su Old Possum´s Book of Practical Cats, mientras escucha “Micifuz”; imaginemos el tono de sus observaciones; ¿qué es lo que hace que un artista popular tenga ese algo más que lo destacará de manera imperecedera sobre otros, contemporáneos y posteriores, que también son diestros y populares? ¿Qué provoca tal éxito, su superioridad interpretativa, exclusivamente, o el hecho de que a través de ese algo más, inexplicable, la gente que lo aplaude se siente expresada, sabe mejor lo que siente, se le revela lo que de sí misma no sabía? Y su conclusión sería que la superioridad

de Gardel no es puramente artística, sino también de comprensión y simpatía humanas. Superioridad moral, patrimonio siempre del artista a secas, popular o culto. Es más que probable que ninguno de los que escribieron los tangos que Gardel cantó los haya reconocido del todo después. Meros pretextos para la invención personal del cantor, para su fantasía (variación personal del esquema original), y para la elocución (vestir las rudimentarias letras con una entonación que las hace significativas, duraderas). La invención, sobre todo, es constante, y cuando se afirma que Gardel inventó la manera de cantar el tango es porque, sutilmente, conduce la voz a un equilibrio expresivo donde lo que el tango narra o describe no se queda en la inmediatez realista y trivial, sino que se hace alegórico; denota mucho más de lo que muestra.

25 de julio de 2026

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