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Dos Pizarnik y un solo Aira

por Quintín

César Aira escribió tantos libros que fatalmente debía terminar teniendo dos con el mismo título. También podría ser que escribiera dos veces el mismo libro y se convirtiera en un Pierre Menard de sí mismo. Algo de eso terminó ocurriendo, porque Aira escribió dos ensayos sobre Alejandra Pizarnik que se parecen. El primero lo publicó Beatriz Viterbo en 1998 y es la transcripción corregida de cuatro charlas que Aira dio en el Centro Cultural Rojas en 1996. No es un libro muy popular pero circuló bastante. Se llama Alejandra Pizarnik. El segundo era el prólogo de una antología de Pizarnik que se publicó en España en 2001. Ese libro era inconseguible por los métodos habituales. Pero el ensayo de Aira lo acaba de reeditar en la Argentina la editorial Seré Breve, en una edición muy elegante, que tampoco es muy fácil de conseguir. Se llama Alejandra Pizarnik. Un retrato.

Hace tiempo que quería conseguir este libro y finalmente lo logré. No es demasiado distinto del primero pero, curiosamente, es muy superior. Es más compacto y más rotundo, una especie de visión definitiva sobre la vida y la obra de Pizarnik. Una biografía y un estudio crítico completos que ocupa solo 60 páginas. Tal vez sea también el libro de Aira que más se desmarca de las opiniones comunes. Incluso puede que sea también el más enojado. Es como si se hubiese cansado de escuchar y leer estupideces ñoñas sobre Pizarnik y, al mismo tiempo, ejerciera el derecho retrospectivo de reclamarle a la poeta que no fuera tan tilinga ni que dilapidara su vida por empeñarse en una obra que estaba definitivamente estancada y no tenía salida.

Aira no solo declara que Pizarnik fue la mejor poeta argentina, también escribe esta frase tremenda: “Ella misma fue un objeto de lujo, el último que pudo mostrar la literatura argentina”. Organizado a partir de los datos biográficos esenciales (mudanzas, viajes, la publicación de cada uno de sus libros), Aira se las arregla para explicar varias cuestiones concurrentes en la obra: la vida, la poesía en general, la herencia surrealista, la influencia de Antonio Porchia, el filtro implacable de la calidad que condicionaba sus modos de leer y de escribir.

Pero también le echa la culpa a la propia poeta de esa socialización cholula de la que participaba, esa “infantil propensión a darle mayor importancia a su contacto con pomposas mediocridades, como es el caso de Octavio Paz”.

No hay una página que no tenga una conclusión radical, dictada desde el análisis de la poesía de Pizarnik así como por la irritación frente a algunos hechos, como que la poeta haya quedado sepultada en una serie de lugares comunes cursis que ella misma empleó como eslabones de sus poemas. También se da cuenta Aira de que los poemas de Pizarnik, a los que estima perfectos, están obligados a serlo frente a un medio literario opresivo y mezquino, que al idolatrarla, rodearla y hacerla objeto de reverencias no hacía más que condenarla a sus terribles padecimientos físicos y psicológicos. Aira incluso se enoja con los psicoanalistas de Pizarnik (Ostrov, Pichon Rivière), que en lugar de atenderla socializaron con ella. Pero también le echa la culpa a la propia poeta de esa socialización cholula de la que participaba, esa “infantil propensión a darle mayor importancia a su contacto con pomposas mediocridades, como es el caso de Octavio Paz”. Aira no le perdona que en París haya tomado partido por Paz contra Elena Garro, una escritora genial como ella, que la terminó retratando con enorme saña en Inés, una de sus novelas.

Este es un libro sobre el que debería discutirse con la obra de Pizarnik a la vista, pero también con la de Aira. Hay, por ejemplo, un argumento que Aira volvería a emplear y ronda su propia obra tardía, la idea de que los escritores pierden en la madurez una visión fugaz de la literatura que tienen cuando son muy jóvenes y después se les escapa de las manos. Aira celebra el primer poemario de Pizarnik, La tierra más ajena, que ella desconocería y llegaría a suprimir de la edición de sus obras. Aira encuentra allí una libertad que Pizarnik perdería apenas un año y un libro más tarde, cuando ya escribía en función de un canon inalterable, basado en la brevedad, la restricción del léxico y la combinatoria, que coincidió con el establecimiento de su “personaje autobiográfico”, que se comportaba según lo que se esperaba de ella, lo que hizo que nadie pudiera contar en adelante sobre Pizarnik nada que fuera verdadero porque se la veía detrás de ese vidrio oscuro con el que se ocultaba. Ese encierro, que fue avanzando hacia el insomnio, las internaciones y terminó en una muerte por exceso de somníferos, es comentado en este libro como un ejercicio de crítica literaria, acaso la más radical que se haya ejercido entre nosotros.

Alejandra Pizarnik
César Aira
Seré Breve, 2025.

21.12.2025

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