Se supone que un obituario es, si no un panegírico del personaje al que está dedicado, por lo menos un lamento por su muerte y un elogio de sus obras. No es lo que sucede necesariamente con los que escribe Serra Bradford.
Osvaldo Aguirre
Hasta no hace mucho, salvo que se tratara de grandes personajes, los obituarios eran poco más que notas protocolares en la prensa donde se consignaban títulos, honores y algunas fechas significativas. Los textos a propósito de la muerte de una figura conocida se volvieron tan habituales que bien podrían tener una sección propia o inaugurar un género específico. Cómo falsificar una sombra, de Matías Serra Bradford, sería en esa perspectiva el primer libro de la especialidad en la Argentina.
Sin embargo, los veinte obituarios de escritores y artistas que reúne Serra Bradford se remontan a una tradición literaria más que a una práctica del periodismo: los epitafios satíricos de las revistas de vanguardia del siglo XX, las magistrales biografías sintéticas de Borges en la revista El Hogar (y a través de ellas las Vidas imaginarias de Marcel Schwob), las siluetas de Luis Chitarroni. Una forma esquiva y más bien equívoca de rendir homenajes, que en este caso se ofrece como un negativo elevado al cuadrado: se trata de evocar sombras y además de urdir falsificaciones. Pero una doble negación equivale también a una afirmación.
El obituario exaspera la definición convencional de la crónica como literatura bajo presión. El autor debe resumir una vida y decidir la significación de una trayectoria “en dos o tres horas, en el mejor de los casos de un día para otro”, dice Serra Bradford. Cómo falsificar una sombra plantea el problema ya desde el título del libro, que no indica un método sino un interrogante disimulado, una incertidumbre más que un conocimiento. El prólogo agrega otras dos preguntas: cómo es posible dar la medida de un hombre o de una mujer el mismo día de su muerte, y a la vez cómo escribir obituarios en un mundo en el que ya están publicados, porque “las entradas de Wikipedia hacen de cuenta que todos los poetas, ensayistas y narradores ya están enterrados”.
Un relato informativo es entonces redundante, porque los datos biográficos de cualquier escritor o artista conocido están disponibles en la web. Pero la suma de dificultades que ofrece el género, plantea Serra Bradford, contiene una posibilidad: el obituario tiene que ser otra cosa. No dice qué cosa, exactamente, pero lo sugiere a partir del desplazamiento que introduce en el punto de vista, del protagonista al autor de la necrológica: “como si en verdad hubiéramos muerto nosotros y se nos estuviera preguntando qué recordamos de lo leído”.
El retrato podría ser al mismo tiempo el esbozo de un autorretrato y la escritura un juego de sombras en que los autores se desdibujan y lo que vale es la experiencia de la lectura. La despedida de J D. Salinger concluye así con la observación de que “a fin de cuentas, la buena literatura parece darse cuando casi todo le pasa al lector”. El recorrido de Harold Bloom le hace pensar a Serra Bradford “que una noble misión sería la de proponer la de un lector devoto como una vida que vale la pena anhelar”. El lector, agrega en otro artículo, no es el dueño de un texto “pero sí un inquilino temporario de páginas que firmaron otros”, un ocupante que no deja esas páginas como las encontró.
Se supone que un obituario es, si no un panegírico del personaje al que está dedicado, por lo menos un lamento por su muerte y un elogio de sus obras. No es lo que sucede necesariamente con los que escribe Serra Bradford. El mejor homenaje a Philip Roth, dice, es evitar las exageraciones y las simplificaciones; Agnes Varda le provoca simpatía, pero al mismo tiempo no la considera una gran cineasta; con Eric Hobsbawm mantiene una notoria distancia, que por una rara carambola (o calembour) revierte en una apreciación positiva porque con sus textos, dice, “el lector confía y aprende mientras disiente”; y si a Thomas Pynchon le gustaba la narrativa de Rubem Fonseca ese dato no jerarquiza al escritor brasileño sino que le hace sospechar de alguna extravagancia y descreer de la reputación, “uno de los grandes cuentos de la literatura”.
En Animales tímidos, de edición simultánea con Cómo falsificar una sombra, el mapa de lecturas es más homogéneo, incorpora escritos a propósito de la muerte de escritores pero desligados de la obligación periodística del obituario y compone una biblioteca ideal, o idealizada. El libro reúne artículos y ensayos breves sobre “23 poetas perdidos”, en su mayoría de lengua inglesa y francesa, e incluye dos ilustraciones de Serra Bradford, justamente sombras trazadas a lápiz, como una especie de ex libris. La justificación del título se encuentra en el prólogo: “un escritor es una criatura que desea trabajar sin ser observado, como le sucede a un animal cuando se alimenta” y el crítico pertenecería a una especie particular, “encuentra su personificación en el hurón” porque averigua y descubre lo escondido y secreto.
Sin embargo, el lugar privilegiado es de nuevo el del lector. El criterio de valor es personal: pasa por la admiración hacia lo leído, no en el sentido de un festejo sino de “prolongar lo admirado”, de seguir un impulso que será más potente cuando resulte más interesante para leer que para escribir. Serra Bradford argumenta a partir de la paradoja, el humor surrealista, el capricho, la ocurrencia desconcertante. Sus definiciones son generalmente singulares, por su rareza y por la imposibilidad de aplicarlas a cualquier otro caso: la poesía de James Schuyler, dice por ejemplo, “es la de quien construye una casa en un terreno sin tirar ningún pino o roble, siguiendo la forma accidental que sugieren los árboles que ya ondean ahí”; leer a Tom Raworth (escritor de obituarios, por otra parte) “es una prueba semejante a la de adivinarle la velocidad mental a una niña callada (momentáneamente tímida), sobre quien uno tuviera que redactar un informe”.
En una recopilación lo primero que se nota es lo que falta y en Animales tímidos brillan por su ausencia los poetas argentinos. Serra Bradford podría haber incluido sus textos sobre Arnaldo Calveyra o Arturo Carrera. Pero sus retratos trazan al mismo tiempo una mirada de reojo al estado actual de las cosas: no tanto a la producción como a la circulación y a las ideas que rodean a la literatura, a la edición, al periodismo cultural. “Nadie quiere exigirle mucho a la literatura (sobre todo escritores y editores) y no pocos lectores prefieren no ser exigidos por una lectura, por temor a sentirse frustrados. Cualquier escritura medianamente compleja enseguida es tachada de imposible”, afirma a propósito del poeta inglés Geoffrey Hill.
La muerte de Michel Butor evoca en esa línea “una época en que la literatura aspiraba a una densidad de la que hoy por poco se avergüenza”; si la obra de Nicolás Peyceré parece difícil, es porque el mundo y los lectores se volvieron indolentes; el lector que se aburre con las novelas de Muriel Spark delata “un hartazgo con la literatura en el sentido más lato -más vergonzosamente irreversible- de la palabra”. Serra Bradford valora a los escritores que crean sus propias reglas, las irregularidades de la literatura más que sus líneas establecidas, “un linaje de desclasados” en el que leer o no leer ciertos libros no da exactamente lo mismo.
Si la crítica ha desaparecido “en casi todas las artes”, el obituario proporciona entonces un espacio para su ejercicio, un distanciamiento crítico del presente. La pérdida física de un autor podría ser la oportunidad de recuperar algo que teníamos y perdimos de vista, y para saberlo necesitamos esos textos escritos contra reloj y sin los libros a mano.
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