Algunos de los libros más destacados del año, en crítica, narrativa y poesía, de Luis Chitarroni, César Aira, Liliana Ponce y otros.
Por Matías Serra Bradford
Son lo contrario de la crítica desganada, que actúa por reflejo condicionado. Hacen crítica indefensa, sí, pero vigorosamente indefensa (en ese sentido, como ciertas ficciones). Son críticos tintoreros, que ejercen la presión exacta sobre el traje de otro para que emanen los vapores más envolventes. Críticos toreros, en cuyos lances juegan a jugarse la vida, y dan a entender que a veces sucede de ese modo: recién se empieza con un libro tras haberlo terminado.
Luis Chitarroni dejó apuntes sueltos sobre el mayor libro crítico de la literatura argentina –el Borges de Bioy Casares–, y ahora los fragmentos reunidos en La ceremonia del desdén son una manera análogamente salteada de apreciar el alambicado móvil de referencias que los tentaba montar –a los tres– y sus raudas rotaciones. Tras la cortina de humo de chismes glosados, Chitarroni olfatea cada paso de la amistad y la traición, como hermanos gemelos que bifurcaron sus senderos para perder a los perseguidores. Calibra implicancias y resonancias, desteje alusiones, despega capas, sintetizando cosas de esferas dispares; de allí la inescrutabilidad, para alguno, de sus formulaciones cifradas.
Como cualquier cabeza dada a ser astutamente indulgente con sus taras y matrices, la de Luis Chitarroni era única. Hay frases suyas que son trucos de manos: “Como si todos hubiéramos sido exonerados por una invisible legitimidad”. La ceremonia del desdén se publicó en tándem con Notas y reseñas sobre rock. En este insospechado álbum triple de solos brillantes (ya de joven su autor tenía uñas de guitarrero), los artículos sobre el músico galés John Cale y sobre el crítico inglés Nik Cohn valen por sí solos el precio del libro
Es raro el caso de un escritor que consigue defenderse de sí mismo. César Aira –que acaso teorizó demasiado sobre su obra para armarse una coraza hacia afuera– defendió a Pizarnik de sus fanáticos, de sí misma, y de su propia infatuación de amigo y lector, en su magistral autopsia crítica Alejandra Pizarnik. Un retrato, ahora reeditado. En Actos de presencia, Aira siguió despistando distraídos, eligiendo de objetos de estudio a autores laterales de su panteón para justamente, entre otras cosas, ahondar en una materia dominante de su obra (la vocación), asunto que retomó y recreó en sus recientes novelas La Sala y El arqueólogo.
La contratapa de La Sala delata que en este caso hubo un cierto trabajo arqueológico de parte de Aira, que buceó en su archivo y tradujo una ficción inédita de 1996, redactada originalmente en francés. Se publica 30 años después, entonces, y el salto en alto se burla de las pautas calendarias y ratifica que es en el cruce de libros “viejos” y “nuevos” que mejor se detecta dónde se fuga o refugia la literatura. Es bello ver cómo sus leitmotiv –lo bien que metaforiza su oficio e ironiza sobre él– vienen rimando de una novela a otra sin mano pesada y con un léxico suavemente mágico.
Distritos de frontera, de Gerald Murnane, certifica que una escritura hiperconsciente ejerce un acto crítico a cielo abierto y en una cuerda floja. Un puñado de flechas, de María Gainza, es una colorida crítica indirecta a sus libros previos, o mejor dicho –porque eran casi perfectos– una manera atomizada de reinventarse. Hubo otros valiosos y singulares volúmenes de crítica propiamente dicha: Historia natural del cine, de Pierre Léon, El cine según Truffaut, Introducción a una verdadera historia del cine de Godard, La persistencia de Hollywood de Thomas Elsaesser, Alguien que canta en la habitación de al lado, de Alan Pauls, El hombre que vio al oso, de Nora Avaro, La juventud de la crítica, de Judith Podlubne, y trabajos críticos de otro orden: La instauración filosófica, de Etienne Souriau, e Individuo y comunidad en Spinoza, de Alexandre Matheron.
Cartas a su madre de Baudelaire son un juicio desolador, a sí mismo y a su progenitora, por un genio poético y crítico como no se volvió a ver. Entre tanto, la poeta argentina Liliana Ponce se pasó más de medio siglo modelando en secreto –casi en silencio– una vasija para, apenas alcanzada su perfección, volcarla como quien no quiere la cosa. Ahora, esos fragmentos de arcilla exhiben sus huellas e invitan al lector a reconstruir un granítico puzzle «donde empezar a reconocer islas del después». La poesía reunida de Liliana Ponce, Boomerang naturae es, por su delicadeza extremada, una crítica implícita y celebratoria de no pocas cosas de este mundo.
5 de diciembre, 2025