Una nueva antología y un volumen de cartas del excepcional poeta estadounidense.
Juan Arabia
Sin estar asociado con ninguno de ellos, Wallace Stevens (1879–1955) llegó a las mismas conclusiones –con distintos resultados– que William Blake, cuando afirmó que la poesía está en los “detalles minuciosos”, y que William Carlos Williams, quien dijo: “No hay ideas (sobre la eternidad) sino en las cosas”. Dos recientes publicaciones se conectan y fluctúan con extrema naturalidad. Por un lado, La explicación destruye al poema. Cartas a Hi Simon recopila un conjunto de misivas que el poeta le envió a un crítico, y por otro Un atardecer cualquiera en New Haven, el segundo poema más largo en la carrera del escritor y el último con esa marca de extensión.
El primero, las cartas a Hi Simon, es un libro bastante elusivo (como lo fueron las entrevistas a John Ashbery, al que no le gustaba –igual que a Stevens– explicar su trabajo), pero que alcanza para conciliar una estética específica. Para Stevens, de lo que se trata es de abandonar el espacio común y reemplazarlo por un lugar propio, basado en la realidad. Es importante entender esta limitación, porque para él la imaginación no crea nada: “Somos capaces de volver románticas las cosas y ponerle quince dedos a los grajos azules, pero si no existiesen los pájaros no podríamos crearlos”.
Configurados por esta realidad, los poemas son símbolos que existen por sí mismos –el poema es el poema, no su paráfrasis– y por eso para Stevens “explicar un poema no es la cosa más simple del mundo. Así es como lo pensé esta mañana: un poema es como un hombre que camina por la orilla de un río y cuya sombra se refleja en el agua (…). La cosa y su doble van juntas”.
En Un atardecer cualquiera en New Haven, precisamente, se propone acercar –en la mayor medida posible para un poeta– lo habitual, el lugar común, la llana realidad. (Muchos cuentan que el poeta escribía caminando). El objetivo era despegarse de todo lo que resultara falso, como describe en las primeras líneas de “La vulgata de la experiencia”. Este largo poema funciona como un vehículo para la meditación sobre la creación y un tropo para la escritura de poesía: “Seguimos volviendo y volviendo a lo real:/ al hotel en lugar de los himnos”.
El resultado, si se juzga por cantidad de hallazgos y versos poéticos, es asombroso, aunque por momentos –por la pretensión de escribir un poema de largo aliento– puede pecar de monotonía y falta de frescura. Podría decirse lo mismo de los Cantos de Pound y el Paterson de Williams, obras en las que se pretende forjar un amarre o patrón por encima de la poesía misma.
En vida, Wallace Stevens fue tan premiado como criticado. Robert M. Plack, por ejemplo, escribió que su obra “no conduce a nada”, a lo que el poeta respondió: “Estamos hablando de poesía, no de filosofía. Lo último que haría sería formular un sistema”.
Stevens, por último, nunca negó la dificultad, más bien se sentía cómodo con ella, como escribe en otra de sus cartas a Hi Simon: “Alguien que escriba con la idea de ser deliberadamente oscuro es un impostor. Pero otra cosa es alguien que deja que algo difícil siga siéndolo, porque a su modo de ver, el explicarlo lo destruiría”.
Wallace Stevens creía que vivíamos en un mundo completamente plano, donde todo es tal como se ve: hombres y mujeres llanos, viviendo en pueblos llanos.
Un atardecer cualquiera en New Haven, Wallace Stevens. Trad. Gervasio Fierro. Editorial Serapis, 74 págs.
La explicación destruye al poema. Cartas a Hi Simons, Wallace Stevens. Trad. Jorge Salvetti y Darío Rojo. Editorial Seré Breve, 82 págs.
15 de octubre de 2025